La última caída


 

Autor: Henry Tovar


Breve Introito.

Revisando bibliografía para la elaboración de este relato histórico, hemos encontrado un interesante personaje egipcio, cuyo nombre fue Udjahorresne. De él existe en el Vaticano una estatua grabada, con su inscripción biográfica, de las dedicadas a un sacerdote o a un alto funcionario. Los títulos que ostenta son bastante extensos y afirma, entre otras descripciones, haber servido sucesivamente a Khenemibre (Amasis), Ankhare (Sampetico III), Cambises II y Darío, en un trecho de vida que puede cubrir, no menos de 95 años o más. Aproximadamente desde el 568 hasta el 465 a C.  

En la misma página del hallazgo, correspondiente al análisis de la XXVII dinastía, encontramos la siguiente afirmación del investigador: “De una manera muy egipcia resalta su influencia cerca del gran rey Cambises II… no debió ser el único y responde a un patrón de conducta muy típico de colaboracionista…Su carrera continúa bajo Dario. Esta afirmación y algunas otras de Heródoto, así, por ejemplo, la mención de un tal Fanes, quien fue médico de Amasis, y entregado por éste a los persas, por pedido de un ocultista que le hace Cambises crean los elementos con los cuales se alimentan las simplificaciones, los mal entendidos y las falsificaciones históricas. ¿Quién define el colaboracionismo: historiadores antiguos como Heródoto o nuestros moderno historiadores? ¿Es el colaboracionismo un concepto antiguo o una categoría histórica correspondiente a valores políticos más recientes?    

De modo que la vida de Udjahorresne nos ha parecido propicia para crear un argumento que a la vez que deslinda y aclara elementos necesarios para la comprensión del hacer de los hombres y su pensamiento, nos permitirá que nos narre con espíritu moderno, necesario para el propósito pedagógico del relato, un trozo de la historia de Persia que indudablemente conoció.

La investigación en Los Nueve Libros de Historia y la indagación de investigadores contemporáneos nos inclina a dudar de muchas de las afirmaciones de Heródoto que, sin poderlas refutar, nos permitirá y por boca de Udjahorresne, asumir una lícita defensa de Udjahoerresne. Hemos querido, sin desvirtuar la verdad, transitar los predios del relato histórico.    

 

La última caída (narrativa)

 

 

La madrugada se alarga y mi vida se acorta con este febril sopor que devora y me hace sentir como estero vaporoso en las esteras del Nilo… ¡Es extraño Nefer!, toda la vida que llevo en mi memoria, todas las calendas que numeran las arrugas de esta piel, fueron infinitas vigilias contra las ubicuas caras de la muerte. Ra, (siempre) estuvo conmigo y mi mente (siempre) vivió en Ra, porque (aunque) me preparé para renacer como Ra, estas tierras que he hollado y este cuerpo que habito (siempre) me parecieron una inescrutable fortuna, una alucinante proeza. A un poco de miedo le debo cierta perpetuidad que se desvanece; nunca me creí predestinado, entre tantos guerreros egipcios, para burlar las saetas sirias, ni siquiera para llegar con vida al otro lado del río, cuando transportábamos, en frágiles barcazas, la miel, la cebada y los cueros que intercambiábamos en Eckab y Edfu. Mis noventa y nueve años y la vitalidad y la salud y la fortaleza de que me dotó Ra con abundante prodigalidad, habíanme enraizado como a las olivas milenarias de las campiñas de mi abuelo Udjahorresne.[1] Las sucesivas vigilias y las lágrimas derramadas por ustedes sobre mi lecho, me han hecho cruzar la línea imaginaria que nos separa de la vida. Ya no me creo inmortal. Sólo mis escrúpulos no me permiten aceptar con indiferencia el momento en el cual los buitres vengan a arrancarme, con fruición, estos ojos todavía vidriados de recuerdos. No te opongas hijo mío, vano será que intentes enterrarme conforme a Osiris. Esta gente no cree en Ra. Tan sólo preocúpate porque mi libro sea colocado junto a mis huesos para que Ra pueda ver mis plegarias, mis cantos, mi corazón y no se olvide de mí. ¡Tengo sed, deseo más agua!    

- Cuando se apague mi voz te corresponderá a ti, hijo mío, seguir el cauce honorable surcado por nuestros mayores; colmar mis ritos; trajinar el agreste paso que separa la bienaventuranza de la mera vida y conquistar tu propia estela. Vida larga tendrás si vives hoy con plenitud y conforme a la verdad, que es el mayor Ma´at.[2]    Quienes me señalan como colaboracionista,[3] palabra de innoble y oscuro sentido, parecen ignorar nuestro pensamiento.  En cambio, mienten quienes acusan a la familia de los Aquénidas de seres crueles. Yo fui testigo del gran torbellino…Yo hice peticiones a Su Majestad, yo conocí sus humanas condiciones…

- Es extraño Nefer, que todavía me asombre. No puedo dejar de pensar que mi vida ha sido, sucesivamente, como el tormentoso discurrir del Nilo en el alto Egipto, y alternativamente, como lento discurrir del río en el bajo Egipto. Cuando cumplí cuarenta años creía haber vivido demasiado; me sentía sinceramente viejo y anhelaba la muerte como quien desea la paz. Ignoraba que la vida apenas comenzaba para mí. Una extraña fatalidad me tenía reservada una segunda existencia colmada de emociones y peligros, honores y fortuna.  La lealtad, la tradición burocrática o las circunstancias, me hicieron sentir, por primera vez, que mi vida era realmente importante. Y que de mí dependía el orgullo y la integridad de las dos tierras. Cuando recibí, con mis manos terrosas, el papiro real que contenía el llamado de Su Majestad Psamético III, no experimente sorpresa ante su esperada determinación. Me limité a dar las instrucciones para que mis esclavos continuaran con la imperiosa preparación de los canales. Rumbo hacia la corte, escoltado por los emisarios, pude imaginar las palabras de Su Majestad, su imperturbable firmeza y las razones de su decisión. Mi padre y mi abuelo habían sido sucesivamente funcionarios de estimada lealtad. ¡Ah! Y espías, de conocido talento. Mi abuelo, que aún vivía, había dedicado parte de su infatigable energía a introducirme en la corte, como era común que lo hicieran con sus hijos y amigos, los ávidos y ambiciosos funcionarios que compartían y se repartían, por manos del Faraón, los cenáculos del poder. También fue mi padre mi mejor apologista. Mi escaso talento y mi vocación de poder no me habrían conducido tan siquiera a inspector de los escribas. Fue mi padre quien cavó los surcos que me condujeron sucesivamente a los títulos de Príncipe, Conde, Inspector de los escribas del consejo, Escriba Jefe del gran salón exterior, Administrador de palacio, Comandante de la flota real del rey del alto Egipto Khenemibre (Amasis); Comandante de la flota real del rey del alto y del bajo Egipto Ankhare (Psamético III). [4]Todos estos cargos, que ejercí sin mayores ambiciones, habían dejado su impronta en mí. A los cuarenta años me sentía ya cansado, desganado para la vida burocrática y con irresistible deseo de retirarme a la vida silenciosa, a la soledad de las campiñas. La vida me parecía trivial y fortuita. Ya para entonces las novedades griegas en su cerámica, su escultura y en todas sus artes, traídas del allende Mar Egeo, me parecían ilusiones efímeras, magia, artificios, vanidad. El llamado de su Majestad Ankhare tonifico mis nervios, templó mi ánimo, dispuso mis sentidos. En mucho tiempo no había vuelto a experimentar el sabor de la despedida, ni a deleitarme con la espontanea arquitectura de la vida. El mediano camino que separa mis posesiones de la bulliciosa ciudad y sede del palacio, me sirvió para meditar largamente y para renovar mi sentido de la existencia. El preferido, el traficado, el anciano Delta, mostrábame en sus brazos muertos, intocados, toda la virginidad y el candor de la vida; sus lechos, adornados con alfombras de loto, con salientes de papiro y espesos cañaverales, tornaban para mi nuevo color. A trechos y entre polvaredas avanzábamos veloces por secos arrabales inundados de luz y de hombres que parecían racimos adosados a las palmeras. En dirección contraria a nuestro pecho los veíamos trajinar, caminando lentamente, y arrastrando palmeras que cortaban para cubrir sus casas hechas con barro del río.[5] Avanzábamos sin numerar las distancias, al borde de los acantilados, al borde del filo de la roca, para desembocar en praderas y vergeles plantados de granados, olivos e higueras,[6] que eran la antesala silenciosa de las bulliciosas ciudades, cuyas calles bullían de colores, animadas por pastores nómadas.[7]

 - Saís, que nunca me había despertado mayores emociones, se mostraba ante mí como una ciudad espléndida, con sus edificios de ladrillos cosidos, con sus palacios, con sus casas de habitación y fortificaciones nuevas y con sus hombres, mujeres y niños que entorpecían nuestro paso; con sus asnos cargados de granados, cebollas y melones.[8] Un camino habitual de tránsito largo y tortuoso, ese día me pareció fugaz. Nuestra llegada  al palacio fue sonoramente anunciada, como era habitual. Previa breve antesala, fui acompañado hasta la nave principal de la fortaleza. Allí me recibió Su majestad Psamético III. A cierta distancia traté de postrarme, pero una orden suya me conmino a avanzar y a escucharle atentamente. A cinco pasos, sin mirarle y postrado ante él, le escuché. La inminencia de lo esperado y la gravedad de su voz movió mi espíritu a la duda sobre mis propias capacidades. Comenzó su arenga llamándome honorable guerrero Hermotibio[9]. Ojos de mis ojos, servidor mío, que recibiste acceso a palacio por mí; espada fiel que guardas las fronteras y las aguas de las dos tierras. Marino insigne. Ojo insigne. Hijo de hombres insignes; has sido elegido por los dioses para llevar nuestra voz y regalos al gran jefe de todos los países extranjeros, y para espiar sus afanes y pensamientos.

- Esa noche medité largamente los ardides y los rostros que debía conjugar ante aquel gran rey desconocido. Sólo yo conocía el verdadero propósito de aquella expedición que debía organizar con premura y ejecutar con veracidad. Cambises, desde entonces, comenzaba a despertar mi curiosidad y cierto temor. Y Pasagarda adquiría en mis labios un tono de sonora y enigmática familiaridad. Yo tuve bajo mi responsabilidad la organización de la expedición; la selección de veinticuatro guerreros, el sequito de funcionarios compuesto por dos traductores griegos, un tesorero, un abanderado, una pequeña guardia de escolta y dos edecanes. Yo me ocupé personalmente de inspeccionar las provisiones; seleccionar a los remeros más fuertes y asegurarme de información imprescindible para la adquisición de los mejores camellos en las costas del Mar Mediterráneo, frente Tiro. El viaje por esas costas hizo menos agotadora, posteriormente, nuestra travesía por el desierto. Desde Tiro, tomamos las rutas caravaneras que conducen desde Damasco hacia Babilonia, y desde allí hasta Pasagarda pasando por Susa, ciudad desde la cual discurren, todavía, importantes caminos comerciales.[10] Los caminos que conducen hasta Pasagarda estaban entrelazados por pequeñas ciudades diseminadas y erguidas alrededor de una continuidad de oasis, que producían, sobre todo trigo.[11]   En sus caminos tuve la oportunidad de conocer frutas exóticas y degustar otras conocidas. Aquí paladeé, por primera vez, manzanas, albaricoques y melocotones.[12] Aquí en Susiana, descubrí el cultivo del arroz, el cual había ya conocido  en otros viajes por el Asia. Antes de llegar a Susa, su fama me era conocida por las distintas variedades de su algodón, por sus ricos viñedos, y por sus corceles de noble sangre, apacentados en las campiñas de Nisai.[13]Además del ganado vacuno, el ganado lanar, el asno, la cabra y el camello de doble joroba. Mi memoria comenzó a guardar el detalle, los pormenores y las explicaciones de tan vasto poderío. La travesía, aunque agotadora, era mitigada por simpáticas danzas y cítaras persas ejecutadas por los traductores alrededor de las fogatas, que alumbraban, durante toda la noche, la entrada de mi tienda. Hasta muy avanzada la madrugada podía escuchar la jerga ebria de los negros de Nubia, quienes fungían de guerreros, y que sólo se disolvían en murmullos con la aparición de las primeras claridades. Nuestra llegada a Pasagarda estuvo antecedida por la intercepción de un grupo de jinetes ataviados con bragas de cuero y bonetes de fieltro color púrpura.[14] Nos recibieron en nombre de su majestad Cambises y nos escoltaron hasta Pasagarda. Avanzamos por una extensa llanura de meseta, irrigada por muchos ríos provenientes de los montes Zagros. Las corrientes más caudalosas estaban cruzadas por construcciones de piedra bien cortada en forma de bloques rectangulares, sostenidos por columnas circulares de piedra encajada de sólido aspecto y esculpidas con motivos zoomórficos. Desde muy lejos se podía divisar, confusamente la ciudad, como una aglomeración de cuadrados y salientes rectángulos rosados, que se erguían con protuberante arrogancia.  En las ciudades y palacios de Persia, construidos con piedras sillares,[15] llamó mi atención la influencia artística de Babilonia y Asiria y su dependencia espiritual de ambas, verificable en los textos cuneiformes.[16]  No así sus dioses, representados extrañamente por una concepción incomprensible, cuya única deidad está en las aguas, en las montañas y en todo lo que vive y en cuyo seno se oponen, en perpetua lucha, los poderes de la luz contra las tinieblas; la verdad contra la mentira; los poderes de las fuerzas creadoras contra los poderes de la destrucción y de la muerte. Los traductores griegos que me acompañaban se esforzaban en multiplicar explicaciones, cuyo propósito se revertía con mi incomprensión. Me sentía más inclinado a deleitarme con la contradictoria humanidad de los dioses griegos, y particularmente con Apolo, representante eximio de la razón y de la pasión, por quien llegué a sentir una gran simpatía por su condición de poeta y amador de la bella Calíope. Fue sólo después que Su Majestad Darío proclamó el parsismo o mazdeísmo, religión oficial, cuando consideré obligado reflexionar sobre algunos textos del Zend-Avesta. ¿Cómo se puede adorar a un Dios que está en todas partes y no mora en ningún templo? Por otro lado, si admitimos que esas fuerzas sin rostro, están en todo lo que vive, tendría que admitir en cuanto a mí, que a lo largo de mi vida he sido alternativamente el bueno Ahura-Mazda (Ormuz) y el malo Ahra-Many (Ahuriman).[17]  El hombre para mí, Nefer, es el aquelarre de todas las cosas. Te confieso (no obstante) que me agrada la cadencia lírica de su escritura. A Zarathustra[18] sólo puedo pensarlo como poeta. ¡Ahora me hielo de frío! ¡Abrígame con otra manta!        

- En los treinta días que duro nuestro viaje, aprendí tanto como lo hice después que me puse al servicio de su Majestad Cambises. Mis traductores me nombraban Pasagarda, Susa, Persépolis y Ecbatana, como ciudades de particular encanto. En esta última afirmaban haber visto una fortaleza formada por siete murallas concéntricas[19]de forma que cada cerco sobrepasa al otro en la altura de sus almenas, siendo las más interiores de oro y plata. Años más tarde, en mi condición de compañero y administrador de palacio y en visita de inspección con Su Majestad Cambises, pude comprobar que todas las murallas, en su parte más alta, estaban revestidas de colores diferentes, excepto que las del recinto interior no estaban coronadas de oro y plata; siendo tan sólo plateadas el color de sus almenas y de dorado brillante la más interna. Fue Su Majestad Cambises quien me refirió su origen a la majestuosidad y magistratura de Deyoces,[20] hombre apreciado entre su pueblo por justo y sabio, y por tal motivo elegido Rey de busas, paretecenos, estrucates, arizantes, budios y magos,[21] todas tribus de la media. Fue Deyoces también quien estableció el ceremonial de comunicarse por medio de mensajeros, de no ser visto por nadie y de no escupir en su presencia ni aceptar risas ni chanzas[22] para crear una sana majestuosidad entre él y quienes habían compartido su trigo y su honorable pobreza. Todavía me parece poco común ese sentido de identidad y de diferencia que le llevó a unificar a su pueblo y a reinar solamente sobre aquel; no así su hijo Froartes, heredero y rey durante cincuenta y tres años[23] y a quien le pareció poco lo heredado. Froartes agregó a sus dominios el de los persas, para luego ir conquistando otras pequeñas naciones de Asia, llegando hasta Nínive, ante cuyos muros fue derrotado y muerto. A diferencia de mis traductores, Su Majestad Cambises me narraba con minuciosa y puntual familiaridad, como recordando hechos vividos, que demás está decir, le eran ajenos, pues Su Majestad Cambises pertenecía a la familia de los Aqueménides. Su conversación fluía con extraordinaria serenidad. Creí adivinar en su espíritu la más mínima ausencia de odio. Bien, por contrario, sus palabras se recargaban de resonancias, cuando nombraba particularmente a Ciaxares, hijo de Froartes, por quien presumo sentía una íntima y generosa admiración y a quien consideraba el más valiente de cuantos medos le antecedieron. Gracias a él -me dijo- fueron aniquilados por siempre los abrimanes, los atroces, los crueles asirios.[24]  

Comenzaba a oscurecer cuando llegamos a Pasagarda. La ciudad me pareció esplendida. La mortecina luz de la tarde sobre la piedra rosada de los edificios de la ciudad, me descubrió un juvenil sentimiento de asombro, de exquisita sensación amorosa y de perpleja sensualidad. Nuestra llegada fue objeto de una compresible sorpresa y admiración. Hombres, mujeres y niños desarrapados y miserables se agolpaban en las estrechas calles para observar el paso de las caravanas. Éramos extranjeros. Éramos lo imprevisto dentro de aquella perezosa cotidianidad. Cidonio, el más locuaz de los griegos que me acompañaban, insistía en advertirme sobre las costumbres de los Aqueménides. “En los ríos ni escupen ni orinan ni se lavan las manos”[25] -me decía-. Todas estas observaciones y otras en torno a su educación y modales en nada me ayudaban a imaginarme a Su Majestad Cambises, de quien se decía que era un rey déspota y mucho más sanguinario y cruel que otrora cualquier rey de los asirios. En la corte de Sais, se me informo que su comportamiento era el de un loco furioso del que me debía guardar. El encuentro tuvo lugar inmediatamente después de nuestra llagada. Su barba y sus vestiduras en poco le diferenciaban de los demás miembros de su corte. Comencé por prosternarme y por expresarle las reverencias de Psamético III. Le hice entrega del papiro contentivo de las mismas palabras escritas en idioma zendo, luego de lo cual le expresé mi nombre, mis títulos y le hice entrega de mis credenciales. Acto seguido, le hice entrega de las ofrendas de oro que su majestad quiso obsequiar al gran rey de los países extranjeros: una gargantilla de oro, cornalina y feldespato verde, para su gran esposa Mandana;[26] un par de sandalias tejidas con oro y un collar de oro macizo con motivos de pétalos y con las cabezas de dos halcones en sus extremos para ser ostentados a nivel de cada hombro. Más inquietud que gratitud fue el gesto que adiviné en su rostro. Fue de todas, aquella mirada la que más recuerdo. Deseaba verlo parpadear, asentir, mostrar algún gesto de gratitud o de desprecio. Reconoció con cierta curiosidad aquellos objetos y luego, casi sin mirarlos, los hizo retirar para seguir escuchando más allá de mis palabras. Comprendí que ni las palabras de Ferédecis ni de mi ninguna facial inconsistencia, habían mermado nuestro propósito. Sólo que, ni los artificios ni la retórica, ocultaban los pequeños límites de la condición humana. Dudaba. Políticamente dudaba. No de tanta generosidad, cuanto que de una paz estratégicamente imposible. Ciro, (el grande), su padre, había conseguido la unificación de las tribus persas, pasagardas, marafios, maspios, pantileos, derusicos y germanos,[27]que así mismas se llamaban Arias, provenientes, según supe después, probablemente de las estepas situadas al norte de los mares Negro y Caspio. La unificación habíanlas convertido en el imperio más poderoso del mundo. Esta temeridad, la derrota del pueblo lidio, la ocupación de Babilonia y de todo el Imperio Caldeo, con Siria y Palestina, hacia demasiado evidente nuestra debilidad. Nunca conocí a ningún rey, cuyo carácter equilibrara en tan sutiles proporciones, la política, la vaguedad, la amenidad, la picardía y la fuerza. Se hacía llamar Rey de Reyes. Él y todo su sequito cubríanse la cabeza con un bonete de fieltro llamado Tiara.[28] Se distinguía de sus servidores por su calzada corona, sus ropajes color púrpura y oro, sus ostentosas alhajas y por la elegancia y firmeza de sus modales, de marcada diferencia con la rudeza de los guerreros de su corte. El fasto de su palacio fue el más extraordinario de todos cuantos vi. Sus frondosos cortinajes y tapices, sus ornadas vajillerías de oro y plata y sus atiborrados objetos de arte y pedrerías me hicieron pensar en los atributos mundanos y efímeros del poder. Junto al boato y la fastuosidad, mis ojos también veían abigarramiento y derroche. Tanta suntuosidad hacía sentirme menos que inerte polvo del desierto. La primera noche, y durante continuas noches, fuimos agasajados con ricos manjares y esplendidas atenciones por parte de dependeros y eunucos y bellas doncellas que danzaban y llenaban con vino las ornadas copas de plata. Es del todo falso que nos hayan embriagado o que hubiéremos pactado con ellos alguna traición. Diez días y nueve noches duro nuestra estancia en palacio. Éramos observados desde lejos por sacerdotes que acostumbraban a vivir apartados del resto de los hombres. [29] Los sacerdotes oficiantes del culto gozaban de la mayor ascendencia en la corte, menor autoridad y prestigio, los dedicados a las prácticas cabalísticas, a la adivinación, a la interpretación de los sueños, a los horóscopos y a la invocación de los espíritus. Estos últimos, (sin embargo) han tenido mayor fama y consideración en las castas más bajas del pueblo. Cuando estuve al servicio de Su Majestad Darío, pude darme cuenta de que algunos sacerdotes aprovechaban su situación privilegiada para intervenir, sutil o abiertamente, en los asuntos del Estado y en las intrigas cortesanas. A pesar de los cánones que le rigen, algunos de ellos son poco moderados en el comer y en el beber.  Estas observaciones y el privilegio que siempre han tenido de hacer vida sexual con sus propias madres me han hecho desconfiar mucho de ellos. Se dice que fueron magos los que asesinaron a Su Majestad Cambises. Fue un tal Gaumata[30] quien lo asesinó. Un impostor a quien Su Majestad Darío tuvo que matar en la fortaleza de Sikayabahubati, en el distrito llamado Nisaya para mantener el gran imperio creado por Ciro II (el grande) vencedor de babilonios y de lidios. Fue Ciro, quien primero quiso conquistar a Egipto y por eso se congratuló con sirios y con los judíos.  Debo reconocer (No obstante), que este rey del mundo, como se hacía llamar después que se proclamó Rey de Sumer Akkad, Rey de las cuatro regiones del mundo, contrariamente a los reyes asirios y neobabilónicos, les permitió cierta autonomía a los pueblos; fue tolerante, y lo más original, prohibió que cada quien hiciera justicia por su propia voluntad, creando un derecho penal administrado por tribunales del Estado. [31]

Nefer, si pudiera retroceder en el tiempo, te pediría que me sacaras de Susiana y me llevaras a Tanis, donde desearía morir. No quiero que se multipliquen las infamias contra mí. No quiero que se exponga públicamente mi cadáver al festín de las aves de rapiña. ¡Tengo sed! ... uummm... Si tuviera fuerzas huiría para morir conforme a Ra. ¡No quiero que cubran mis huesos con cera caliente! ¡No quiero! ¡Ahoga la ventana que me hielo con el frío! ¡Cúbreme con otra manta!... Quienes me confunden con Fanes lo hacen por envidia, por maldad o por estupidez. ¡Yo no conduje a Cambises a Pelusium! Tampoco acepto que se diga que fuimos engañados. Cuando salimos de Pasagarda, Cambises ya estaba preparado y presto para invadir a Egipto por el monte Sinaí, con árabes y beduinos. ¡No necesitaba de ninguna argucia o pretexto! Yo hice saber a Su Majestad Psamético III su determinación. Yo numeré sus recursos y provisiones a Su Majestad Psamético III. Nada se podía hacer para librar a las dos tierras de lo que estaba por venir. También insensatos, necios, mendaces, cínicos, falsarios y pérfidos quienes dicen que Su Majestad Cambises fue un déspota, un tirano. - ¡Me falta el aire Nefer ¡¿Cómo va a ser un tirano quien vino a postrarse al templo de Neith?  …” Yo hice una petición a la Majestad del Rey del alto y del bajo Egipto, Cambises, sobre todos los extranjeros que vivían en el templo de Neith para que los expulsara de el y dejar el templo de Neith en todo su esplendor, como había estado antes. Su Majestad mando a expulsar a todos los extranjeros que vivían en el templo de Neith, demoler sus cosas impuras, y todas sus pertenencias fuera del muro del templo. Cuando hubieron sacado todas sus pertenencias personales fuera del muro del templo. Su Majestad mando a limpiar el templo de Neith y que volviera su personal a el” [32]¡Rasga la ventana Nefer!

Cuando el rey del alto y el bajo Egipto, Cambises, vino a Sais, Su Majestad fue en persona al templo de Neith. Hizo una gran postración ante Su Majestad (la de la diosa) como todos los reyes habían hecho antes. Hizo una gran ofrenda de toda cosa buena a Neith –la Grande, la madre del dios y los grandes dioses que están en Sais, como habían hecho antes todo rey bienhechor. Su Majestad hizo esto porque le hice conocer la grandeza de la Majestad de Neith, que es la madre del mismo Ra.”[33]

Mis manos nada pudieron hacer para detener lo inevitable. Yo estaba en Tebas preparando su defensa, pero era un grande ejército imposible de vencer. Después de entregada Menfis yo regresé a Sais y todos estaban con el gobernante. “El gran jefe de todos los países extranjeros, Cambises, vino a Egipto y los pueblos de todos los países estaban con él. Y él era el gran gobernante de todos los países extranjeros.[34] Cuando llegué después de Cambises, Yo, rescaté a sus habitantes del gran torbellino cuando se produjo en este país. Yo defendí al débil contra el fuerte. Yo acudí al hombre tímido cuando vino el infortunio.[35]Yo permanecí en Sais ayudando a los enfermos. Yo curé, con mis propias manos, muchas laceraciones. Yo serví de intermediario y apaciguador de violencias. Yo clamé ante su majestad por los despojados de todos sus bienes. Yo clamé por la seguridad de las tribus. Yo organice la asistencia de niños, mujeres y ancianos. Yo apresuré la pira para muchos cadáveres. Yo reuní y entregué bastimentos. Yo rogué por la paz y la seguridad de quienes huían. Yo clamé por serenidad y misericordia a todos los bandos. Yo clamé en el templo de Neith por reconciliación y abundante misericordia. Después de esto, Su Majestad me concedió el cargo de médico jefe. Me hizo venir como compañero y administrador de palacio. Yo compuse su titulatura, para atestiguar su nombre de rey del bajo y alto Egipto. Yo hice conocer a Su Majestad la grandeza de Sais, que es la sede de Neith la Grande, que es la madre que parió a Ra e inauguró el nacimiento cuando el nacimiento aún no se había producido.; y la naturaleza y la grandeza del templo de Neith, que es el cielo en todo su esplendor, y la grandeza de los castillos de Neith.  [36]

 ¿Cuántas caídas de caballo tuve en mi vida? ¡No recuerdo! ¡Aprender a montar, galopar y caer saltando un muro eran una misma noción conocimiento! Nunca pensé avanzar a los predios de la muerte por este motivo.   

¡Nefer! ¿Dónde están mis hijos, donde están Khherivef, Ipuwer, Nekbber y Wadjert?  No permitan que los buitres me saquen los ojos. Mi muerte podrá acaecer mañana o antes de que renazcan las claridades y entonces no podrán palparme.  Lo importante será que sientan en su corazón que mi vida ha sido un solo Ma’at, Aún en la guerra. Por ello he ordenado cincelarme en piedra Naófora con todos mis títulos para la memoria de los hijos y sus hijos y mi propia gloria y por el Ma’at de la verdad, que es todo y siempre lo será. Ahora cuando yazgo sin solemnidad en el umbral de la nada, sólo tengo una certeza: la plenitud y la nada como una misma esencia. Creo haber vivido conforme a este sentimiento. Toda mi vida, y sobre todo desde los cuarenta años viví empalmando cuentas de justificaciones vitales: Su majestad, las dos tierras, mis hijos; en ese orden. Viví, lo reconozco, tratando de justificar cada día de mi existencia, cada acto, cada sentimiento o aversión; y los que nunca me escucharon o me quisieron entender, vivieron empalmando las suyas con atributos propios y ajenos: Su Majestad, su pueblo, sus propios dioses, sus hijos y sus enemigos, aferrados, tal vez como yo, a su propio pedazo de mundo; pero quienes me acusan, no quisieron ver jamás la luz del arcoíris.  Toda diferencia, para ellos, quedaba reducida al eterno contraste entre el día y la noche. Sólo observaban un verde o un solo azul. Por eso me juzgan quienes se declaran mis enemigos. Todas estas inquietudes, extrañas para la mayoría de los egipcios, son (no obstante) plenamente compartidas como práctica de vida. Esa actitud nos permitió, creo, asimilar y compartir la humana cotidianidad de los egeos, y no es cosa distinta que su Majestad Cambises haya hecho una gran postración ante Su Majestad Neith la Grande y no haya intentado llevar a Egipto sus propios dioses.[37]  Desde la primera unión de las dos tierras nuestros hombres han seguido siendo esencialmente loe mismos. Lo único que ha cambiado son las circunstancias y los valores con los que a cada quien les ha correspondido juzgar tales circunstancias. Cidonio, quien todavía me frecuenta, coincide conmigo en estos pareceres. Por eso Nefer, es importante que seas tú mismo y que obres conforme a Ma’at en tu vida y con Su Majestad. Sé justo conforme a Ma’at. Sé fiel. Y no le temas a la vida. La vida comienza cada día, cada instante. Busca ante todo la verdad. Pero no olvides tampoco un decir de la gente: ”Oír es preciosos para el que escucha,[38]  sobre todo si se está atento a la verdad … ¡Nefer, que se vayan los sacerdotes¡ ¡No los quiero ver! Levántame, quítame la pata del caballo y huyamos. ¡Esta será mi última caída!      

 

 Bibliografía

 Hassinger, Hugo (1958) Fundamentos geográficos de la historia. Ediciones Omega. 2da edición. Barcelona-España.

Heródoto. (S/F) Los Nueve Libros de Historia. Editorial Cumbre. Duodécima edición. México.

R. López Malero y D. Plácido (1992) Historia Universal. Edad antigua. Grecia y Oriente próximo. Editorial Vicens Vives. Tomo I.     

Vera Tornell, R. Historia Universal de la Civilización. Edad antigua y edad media. Editorial Ramón Sopena, S.A 1976 Tomo I.   

Huart y Delaporte (1957) La evolución de la Humanidad. Tomo 28. Traducido al español por Pablo Álvarez Rubiano. México. 

Marín, Manuel (1994) Atlas Histórico. Editorial Marín. S.A. Barcelona- España.

Hinz Walther (1966) Persia, Grandes Reyes y Sátrapas. En: Historia de la Cultura Occidental. publicada bajo la dirección de Hermann Bockhaff y  Fritz Winzer Editorial Labor S.A. Barcelona-España



[1] Queremos suponer que su abuelo también se llamó Udjahorresne

[2] La palabra Ma´at significa “orden” en un contexto y rectitud en otro. Ver p.107. John Wilson. La cultura egipcia.

[3] López Melero R.D. Plácido. Historia Universal. Edad Antigua. Grecia y Oriente Próximo. Tomo I, 1992 p.302     

[4] López Melero R.D. Plácido. Ob. Cit, p.302

[5] Hassinger, Hugo. Fundamentos geográficos de la historia. 1958, p..95

 

[6] Ibídem, p.94

[7] Ibídem, p.91

[8] Ibídem, p.94

 

[9] López Melero R.D. Plácido. Ob. Cit, p.308

[10] Hinz, Walther. Persia. Grandes reyes y sátrapas. En: Historia de la Cultura Occidental. 1966, p.145

[11] Hassinger, Hugo. Ob. Cit, p.119

 

[12] Ídem

[13] [13] Hinz, Walther. Ob. Cit, p.145

[14] Heródoto. Los Clásicos. Los Nueve libros de Historia,1978, p. 29 

[15] Hassinger, Hugo, Ob. Cit, p.119

[16] Ídem

[17] Hinz, Walther. Ob. Cit, pp.135-136

[18] Zarathustra, fue un profeta del antiguo Irán, quien formulo la doctrina del orden justo, en el cual los hombres debían realizar su trabajo como si se tratase de un culto religioso; además, el hombre por su libre escogencia adaptaba el Rtam, convirtiéndose en un colaborador del plan divino para la contención y derrota final de los malvados. Su doctrina tuvo amplia acogida en todo el Irán Oriental.  Se afirma que influenció a Ciro (el grande). Se afirma que pude haber muerto a la edad de 77 años.   Hinz, Walther. Ob. Cit, p.134

[19] Heródoto. Ob Cit, p.42

[20] Ibídem, p.41

[21] Ibídem, p.180

[22] Ibídem, p.43

[23] Ídem

[24] Ídem

[25] Ibídem, p.57

[26] Ibídem, p.45

[27] Ibídem, p.53

[28] Ibídem

[29] Ibídem

[30] Hinz, Walther. Ob. Cit, p.131

 

[31] Ibídem, pp. 130-132

[32] López Melero R.D. Plácido Ob. Cit. P. 302-303

[33] Ídem

[34] Ídem

[35] Ídem

[36] Ídem

[37] Idem

[38] Alerete, Julio. Proverbios, adagios y refranes del mundo entero, p.204

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